No hay tormenta sin calma, y mi calma ruge y ya no es más.
Fuiste el sol, fuiste el frío. En la realidad y en la ilusión, me recogí a ti, como si el invierno me acariciase y fueras el verano que reconforta en la sombra. Un sin sentido colmado de agobio que alimentaba el corazón y cobraba sus servicios son sangre y lágrimas
Dulce veneno de ambrosía, que de tus labios veo brillar. Me turba, me enerba, me conduele, me hace rendir, retroceder, callar, morder, desesperar. Lo es todo y me deja en la nada, cuando está y cuando no.
No hay tibieza, si antes no hubo fuego abrazador y tampoco si no hubo antes un frío, un viento, un ahogo...
Debo confesar que no me hallo sin la fiereza de tu mar, por muy elevadas que sean olas y existan un sin fín de remolinos, fue el unico lugar donde plante mis pies. No hay tormenta sin calma...
Ahora, que me hallo con los pies en tierra, me siento tan en calma, que si rujo, ya no seré más.