La brisa del mar hacía ondear mis faldas mientras dejaba atrás el puerto. Había emprendido el viaje al Nuevo mundo, el mundo despertado. De manera intuitiva me apoyaba en mi paraguas, muy probablemente no lo necesitaría en altamar pero era el legado de mi familia, y en esta importante misión no podría prescindir de él. Era una madrugada sin tormenta, pero no podía confiarme, estaba ante lo desconocido, y si bien, no era la primera vez que me confrontaba a mi misma, la responsabilidad que pesaba sobre mis hombros lo hacía distinto todo esta vez.
Atendí a los otros siete barcos enormes que estaban a mi alrededor, sus velas eran iguales de enormes a las que poseía mi galera, y estaban a buen recaudo, cada uno con cuatro barcos de guerra más pequeños guardando cada costado. Eran todos de madera pulida, de mastiles que se perdían en la inmensidad y de que de no ser por las velas se perderían en la infinidad, no quise pensar en el encargado de la vigilancia en el carajo. En un desperdicio, pensé, sin embargo, agradeci que la Federación se hiciera cargo de estos pormenores, la familia no gastaría el dinero de este modo, no en algo tan ostentoso como unos barcos así. Me pregunté: ¿Qué pasaría con todos aquellos que van en las otras galeras, en los barcos? Resultaba evidente que no todos sobreviviríamos, y aun así, se les veía muy orgullosos, ¿Acaso no tendrían tanto miedo como yo?
El sol se asomó y un viento impulsado por lo vigadores hizo comenzar a andar los barcos. Siempre me sorprendió la labor de esos hombres; esposados con cadenas y grilletes, desterrados por crímenes y recogidos de la calle, eran destinados a girar las manivelas que por medio de enredados mecanismos hacían que fuertes vientos salieran de unas vigas que decoraban los puertos disparando chorros de aire que desencayaban a los barcos. Para esta ocasión por motivo de ser una ceremonia especial usaron a todos los vigadores de cada Federación. El impulso fue tal solo atiné a agarrarme de un costado del barco para no resbalar por la cubierta. Estaba en camino, y si bien, la misión no era llegar de primera al puerto torcaza sino a salvo, no había tiempo qué perder, así que en cuanto pude me incorporé y comencé a monitorearlo todo, no iba a permitirme ningún fallo. No esta vez.