En una de las salidas de domingo con papá, Carlitos y él fueron al parque más allá de la carretera, donde pocas veces iban por que era un lugar remoto y lejano. Carlito miraba en el camino las casas de estilo londinense que iban a lado y lado de la calle, y de vez en cuando apresuraba un poco el paso para ver las vitrinas, que estaban llenas de cosas coloridas, artísticas, en madera y otras manufacturas decorativas que son más lujos que otra cosa. Carlitos amaba la madera y esta salida le resultaba tan enriquecedora como el mismo no tenía idea.
En medio de los laberintos de las calles, llegaron por fin a un parque pequeño que tenia un árbol en todo el centro. El árbol era sumamente grande, anormalmente enorme para hallarse en medio de la ciudad, y sin embargo, allí estaba, desapercibido pero bien acogido por las casas al rededor del parque. Era como un rey entre los pequeños arboles de flores y Eucaliptos que había a su alrededor. Su madera era muy rugosa, incluso para un arbol, y su configuración daba para pensar que el árbol tenía ojos, ya que, tenía protuberancias concavas y convexas que convergían en us esquinas y tenían dentro una serie de circulos concentricos. Carlitos de algún modo se sentía atemorizado por el árbol, se sentía observado por tantos círculos en torno al tronco, y que, seguian elevándose conforme se trataba de ver el final del árbol.
Sin embargo, lo que más captó su atención fueron las raices. Éstas, no eran largos brazos decadentes enredados unos osbre otros, sino, obustos brazos que se sumergían en la tierra de pronto, con compromiso ferreo, pero estaban tan juntos y a la vez tan definidos que cualquiera que lo hubiera visto sabría de inmediato que tales raíces no se mezclarían jamás por debajo del suelo. Parecían la pata de un elefante. El papá de carlitos notó el interés del niño, y entonces repuso mientras se sentaban en una de las bancas de concreto: ¿Quieres oir la historia del Elefante de Madera? - Carlitos, motivado por la fantasía asintió callado para que la historia diera comienzo tan pronto como se pudiera. Don Carlos se aclaró la garganta y comenzó: "Había una vez..."
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jueves, 9 de noviembre de 2017
lunes, 2 de octubre de 2017
La historia de Papá y mamá
-Ejem! - Se aclaró la garganta la menuda niña ante su salón, parada frente al pizarrón y con las manos temblando leyó su escrito a su clase con un hilo de voz.
"Mi papá y mi mamá se conocieron cuando ella era muy pequeña, no tanto como yo. Según me dice ella ya tenia edad para casarse, incluso, estaba comprometida con un leñador.
Mi mamá todos los días iba a visitar a mi bisabuela abuela porque estaba enferma, la pobre sufría de desvaríos. Que en paz descanse la abuelita... Cada semana el Doctor Gustav la medicaba y la dejaba acostada en su cabaña al final del bosque, ese que queda subiendo la colina. El Doctor Gustav, o sea mi papi, era un hombre majito y peludo, cuando me saluda de beso, su barba me pica. Como pueden ver, heredé sus cejas pobladas.
Mi abuela habia dejado a mi bisabuela en la colina, porque la bisabuela tenía la terrible costumbre de levantarse la falda y decir que podía volar, pero como no podía descuidarla mi mamá la vistiaba todos los días y le hacia compañia hasta la tarde, de vez en cuando pasaba la noche con ella, sobre todo en los días de lluvia o de luna llena. Mi mamá me decía que a ambas les gustaba mirar la luna.
Un día mi mamá y mi papá, el doctor Gustav se encontraron en la casa de mi abuela y desde entonces, se comenzaron a gustar. Mi mamá siempre llevaba viandas de más para compartirle al Doctor, quien cada día se iba enamorando más de mi mamá. Un día, mi mamá decidió hacer vela con la bisabuela e invitó al doctor a cenar. ´
Lo que ella nunca pensó, fue que el Señor Patrick, quien era su prometido la estaba siguiendo desde hacía tiempo atrás y presentía que mi mamá y mi papá se gustaban. Así que esa misma noche decidió hacer vela con ellos ocultandose entre los árboles de cedro que daban al patio de la cabaña de la colina.
Por desgracia, mi papá se puso muy nervioso con la cena y equivocó el medicamento de mi abuela y todo fue una confusión. Ella, en medio de su locura confundió a mi papá con un lobo y comenzó a dar gritos de auxilio, que el señor Patrick malentendío terriblemente y entrando a la cabaña, estaba dispuesto a matar a mi papá. Desde luego el impacto de ver semejante escena hizo que mi bisabuela se desmayara. Mientras mi mamá defendía a mi papá de los feroces ataques del leñador.
Finalmente, el Señor Patrick entendió que mi papá, el Doctor Gustav y mi mamá no podrían ser felices si estaban separados... Decidió hacerse a un lado. Y miren que al final fue muy bueno, porque se casó con Carla, la posadera y miren cuantos hijos ya llevan. Por su parte mi abuela que ni recordaba el nombre de mi mamá se puso a contar la historia de "caperucita roja", pero no, todo fue producto de su demencia.
Pero dadas las cosas al final en el pueblo y aún más allá, a mi mamá la conocen como caperucita roja, y a mi papá como el lobo, ambos, al tenerme, decidieron llamarme..."
- Muchas gracias, pequeña, vuelve a tu lugar, nos gustó mucho tu historia - Repuso la profesora, interrumpiendo el relato.
"Mi papá y mi mamá se conocieron cuando ella era muy pequeña, no tanto como yo. Según me dice ella ya tenia edad para casarse, incluso, estaba comprometida con un leñador.
Mi mamá todos los días iba a visitar a mi bisabuela abuela porque estaba enferma, la pobre sufría de desvaríos. Que en paz descanse la abuelita... Cada semana el Doctor Gustav la medicaba y la dejaba acostada en su cabaña al final del bosque, ese que queda subiendo la colina. El Doctor Gustav, o sea mi papi, era un hombre majito y peludo, cuando me saluda de beso, su barba me pica. Como pueden ver, heredé sus cejas pobladas.
Mi abuela habia dejado a mi bisabuela en la colina, porque la bisabuela tenía la terrible costumbre de levantarse la falda y decir que podía volar, pero como no podía descuidarla mi mamá la vistiaba todos los días y le hacia compañia hasta la tarde, de vez en cuando pasaba la noche con ella, sobre todo en los días de lluvia o de luna llena. Mi mamá me decía que a ambas les gustaba mirar la luna.
Un día mi mamá y mi papá, el doctor Gustav se encontraron en la casa de mi abuela y desde entonces, se comenzaron a gustar. Mi mamá siempre llevaba viandas de más para compartirle al Doctor, quien cada día se iba enamorando más de mi mamá. Un día, mi mamá decidió hacer vela con la bisabuela e invitó al doctor a cenar. ´
Lo que ella nunca pensó, fue que el Señor Patrick, quien era su prometido la estaba siguiendo desde hacía tiempo atrás y presentía que mi mamá y mi papá se gustaban. Así que esa misma noche decidió hacer vela con ellos ocultandose entre los árboles de cedro que daban al patio de la cabaña de la colina.
Por desgracia, mi papá se puso muy nervioso con la cena y equivocó el medicamento de mi abuela y todo fue una confusión. Ella, en medio de su locura confundió a mi papá con un lobo y comenzó a dar gritos de auxilio, que el señor Patrick malentendío terriblemente y entrando a la cabaña, estaba dispuesto a matar a mi papá. Desde luego el impacto de ver semejante escena hizo que mi bisabuela se desmayara. Mientras mi mamá defendía a mi papá de los feroces ataques del leñador.
Finalmente, el Señor Patrick entendió que mi papá, el Doctor Gustav y mi mamá no podrían ser felices si estaban separados... Decidió hacerse a un lado. Y miren que al final fue muy bueno, porque se casó con Carla, la posadera y miren cuantos hijos ya llevan. Por su parte mi abuela que ni recordaba el nombre de mi mamá se puso a contar la historia de "caperucita roja", pero no, todo fue producto de su demencia.
Pero dadas las cosas al final en el pueblo y aún más allá, a mi mamá la conocen como caperucita roja, y a mi papá como el lobo, ambos, al tenerme, decidieron llamarme..."
- Muchas gracias, pequeña, vuelve a tu lugar, nos gustó mucho tu historia - Repuso la profesora, interrumpiendo el relato.
sábado, 30 de septiembre de 2017
Carlitos y el caracol
Un día la tata llevó a Carlitos al parque. Todos los días después de la siesta de la tarde, la Tata sacaba a carlitos con su gran sombrilla, su chal y su loncherita de animales. A Carlitos le gustaban mucho los animales, siempre que podía veía los documentales aun sin entender algo, solo para ver al leopardo correr, a las aves volar y al tiburon acelerar como un torpedo. Carlitos se tapaba los ojos cuando el león atrapaba a la cebra o cuando el cocodrilo aparecía, no quería tener pesadillas y por eso se ocultaba detrás de la tata en la cocina cuando eso pasaba. "¡Cómo serás de bobito, mijito!" le decía la tata mientras le servía un poco de lo que preparaba para que Carlitos se olvidara de lo que había visto.
El día era soleado así que anduvieron juntos debajo de la sombrilla, Carlitos estaba mirando a su alrededor para ver si había mas niños para jugar. De pronto, la tata, se detuvo e hizo detener su marcha a Carlitos
- Por qué nos detenemos Tata? - Preguntó Carlitos impaciente
- Mira tus pies mijito. Casi pisas al señor Caracol. - Repuso la Tata pausadamente, mientras su nieto miraba a la babosa con caparazón roto
- ¡Mira Tata! Tiene su casa rompida. - Exclamo con angustia Carlitos pensando que él había sido quien había hecho el daño.
- No te preocupes - Añadió la abuelita de Carlitos adivinando su pensamiento - A los caracoles a veces les pasa eso, pero ellos se curan si no es muy grave y pues mira que no es el caso. En un tiempo estará mejor
- Pero acá lo van a pisar otros niños, Tata - Dijo suplicante Carlitos - ¿Podemos llevarlo a otro lugar?
- No podemos - Dijo la abuelita con paciencia - Algunos caracoles son venenosos, tenemos que dejarlo ahí. La madre naturaleza es muy sabia, si ella quiere que el caracol se salve ya lo veremos.
Durante toda la semana Carlitos monitoreo el avance del caracol cada una de las tardes después de la siesta. Se sentía como uno de esos exploradores de la televisión. Incluso, llevaba un cuadernillo de notas hechas garabato para registrar todo lo que veía del caracol. Para su paz, el caracol alcanzó a a atravesar el parque al cabo de semana y media y para cuando llegó a la hiedra que escalaba el muro cerca de los columpios. En esos momentos su caparazón ya estaba en perfectas condiciones. Carlitos decidió entonces ser un "investigador de los animales" y saber tanto como sabía la Tata.
El día era soleado así que anduvieron juntos debajo de la sombrilla, Carlitos estaba mirando a su alrededor para ver si había mas niños para jugar. De pronto, la tata, se detuvo e hizo detener su marcha a Carlitos
- Por qué nos detenemos Tata? - Preguntó Carlitos impaciente
- Mira tus pies mijito. Casi pisas al señor Caracol. - Repuso la Tata pausadamente, mientras su nieto miraba a la babosa con caparazón roto
- ¡Mira Tata! Tiene su casa rompida. - Exclamo con angustia Carlitos pensando que él había sido quien había hecho el daño.
- No te preocupes - Añadió la abuelita de Carlitos adivinando su pensamiento - A los caracoles a veces les pasa eso, pero ellos se curan si no es muy grave y pues mira que no es el caso. En un tiempo estará mejor
- Pero acá lo van a pisar otros niños, Tata - Dijo suplicante Carlitos - ¿Podemos llevarlo a otro lugar?
- No podemos - Dijo la abuelita con paciencia - Algunos caracoles son venenosos, tenemos que dejarlo ahí. La madre naturaleza es muy sabia, si ella quiere que el caracol se salve ya lo veremos.
Durante toda la semana Carlitos monitoreo el avance del caracol cada una de las tardes después de la siesta. Se sentía como uno de esos exploradores de la televisión. Incluso, llevaba un cuadernillo de notas hechas garabato para registrar todo lo que veía del caracol. Para su paz, el caracol alcanzó a a atravesar el parque al cabo de semana y media y para cuando llegó a la hiedra que escalaba el muro cerca de los columpios. En esos momentos su caparazón ya estaba en perfectas condiciones. Carlitos decidió entonces ser un "investigador de los animales" y saber tanto como sabía la Tata.
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Día 1 - Dejavú
Ha pasado ya, lo sé es una repetición fatal. ¿Qué es lo que debo hacer? ¿seguir firme hasta el final? Y yo sin querer proceder Me...