En una de las salidas de domingo con papá, Carlitos y él fueron al parque más allá de la carretera, donde pocas veces iban por que era un lugar remoto y lejano. Carlito miraba en el camino las casas de estilo londinense que iban a lado y lado de la calle, y de vez en cuando apresuraba un poco el paso para ver las vitrinas, que estaban llenas de cosas coloridas, artísticas, en madera y otras manufacturas decorativas que son más lujos que otra cosa. Carlitos amaba la madera y esta salida le resultaba tan enriquecedora como el mismo no tenía idea.
En medio de los laberintos de las calles, llegaron por fin a un parque pequeño que tenia un árbol en todo el centro. El árbol era sumamente grande, anormalmente enorme para hallarse en medio de la ciudad, y sin embargo, allí estaba, desapercibido pero bien acogido por las casas al rededor del parque. Era como un rey entre los pequeños arboles de flores y Eucaliptos que había a su alrededor. Su madera era muy rugosa, incluso para un arbol, y su configuración daba para pensar que el árbol tenía ojos, ya que, tenía protuberancias concavas y convexas que convergían en us esquinas y tenían dentro una serie de circulos concentricos. Carlitos de algún modo se sentía atemorizado por el árbol, se sentía observado por tantos círculos en torno al tronco, y que, seguian elevándose conforme se trataba de ver el final del árbol.
Sin embargo, lo que más captó su atención fueron las raices. Éstas, no eran largos brazos decadentes enredados unos osbre otros, sino, obustos brazos que se sumergían en la tierra de pronto, con compromiso ferreo, pero estaban tan juntos y a la vez tan definidos que cualquiera que lo hubiera visto sabría de inmediato que tales raíces no se mezclarían jamás por debajo del suelo. Parecían la pata de un elefante. El papá de carlitos notó el interés del niño, y entonces repuso mientras se sentaban en una de las bancas de concreto: ¿Quieres oir la historia del Elefante de Madera? - Carlitos, motivado por la fantasía asintió callado para que la historia diera comienzo tan pronto como se pudiera. Don Carlos se aclaró la garganta y comenzó: "Había una vez..."
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