miércoles, 1 de noviembre de 2017
El Señor Ospitia
Cuando era pequeño vivía en la casa de mi tia. Viviamos los tres: Mis papás y yo en el tercer piso, en donde muchas aventuras viví con mi iamginación y la terraza desierta. Allí me asomaba por los barrotes y veía la calle. Siempre fui muy sociable, así que no era sino asomarme y la jornada de saludos comenzaba. No logro comprender en qué momento dejé perder esa habilidad tan bonita, seguramente se deba a la primera mudanza, mi hermana, y tantas otras posibles cosas...
En los días soleados, el señor Ospitia (Como creí que se llamaba, nunca esperé que fuera su apellido) tomaba el sol en el antejardín. El antejardín estaba compuesto por un bordillo donde se hallaban unas plantas moribundas, que a mí se me antojaba imaginar como un lago apestoso. El señor, que no era tan viejo en verdad me saludaba muy amablemente, y no vamos a decirnos mentiras, un saludo afable siempre es muy bien recibido.
El señor, tenía su tienda en el garaje de su casa justo en frente de la de mi tía, y como es de esperarse de cualquier tendero, sus relaciones con el barrio son fuertes. Así, pues dada la facilidad mi mamá compraba las cosas allí y yo la acompañaba generalmente con mis overoles y pantalones de tiranes (¡Qué bellas épocas!). El señor me alzaba desde que tengo memoria y me ponía sobre el mostrador y me regalaba un dulce, incluso los domingos me daba liberales, que también me enviaba cuando no iba. Sin duda dulce. Pero no era algo tan trivial como comprar al cliente, invertir en él. Años después le pregunté si así era con todos los niños, y resulta que no.
Aquel hombre, tenía una vida normal, hijos, esposa... Sin embargo, su hija, Diana había perdido un bebé en el mismo tiempo en que mi mamá estaba embarazada de mí. De algun modo, su afecto paternal de abuelo no murió sino que se distribuyó hacía mí. Cosa que le era correspondida, porque a mí me encantaba saludar aún si no habia recompensa, me gusta pensar que havía un afecto cuando le pedía que me alzaba sobre el mostrador y yo le preguntaba si ya había almorzado.
A los cinco años tuvimos que irnos de la casa de mi tía a la casa propia por fin (Año terrible por cierto). Años después, al menos unos dos, el señor tuvo que cerrar la tienda, pero hacía el esfuerzo de saludarme cuando mi tía le informaba que allí estaríamos mi mamá y yo de visita. Tristemente, con el tiempo la cercanía se volvió lejania y me terminé enterando que el señor falleció debido a un cáncer sorpesivo y agresivo. Todavía tengo el sin sabor de haberle dicho que lo apreciaba.
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