Mucho
se ha hablado sobre los libros de autoayuda de Paulo Coelho. Que son buenos,
que son malos, que a muchas personas les ha ayudado, que a otras les ha hecho
perder su tiempo. Nadie es monedita de oro, eso es seguro, y Coelho no es la
excepción. Por eso, en la lista de libros que quise leer este año estaba “Verónika
decide Morir” uno de sus libros más representativos, y del que ya conocía parte
de su historia porque ya lo había comenzado en compañía de un amigo en noveno
grado (Secundaria). En efecto lo leí.
Me
tomó más tiempo del qué pensé que lo haría, y más del que debió también. En
buena medida porque la historia atrapa muy suavemente, tan suavemente que
cualquiera puede dejar la historia a la mitad, y en su vida no se formaría un
vacío por no saber cómo termina la historia de la suicida, como sí pasaría con
otras historias. No quiero decir con esto que el libro sea malo o bueno, porque
no es el propósito de este blog, prefiero decir, si me gusta o no lo hace.
Por eso, me demoré, lo leía esporádicamente.
La
historia de la suicida que luego de su “No fallo” comienza a enterarse de qué
va la vida, es un tema que por el simple hecho de ser un poco tabú despierta en
el lector interés por la protagonista. Pero éste interés se desvanece en mí,
luego de unas cuantas páginas porque sé cómo terminará el libro (en efecto mis
suposiciones resultaron ser correctas), por tanto el libro se vuelve tozudo a
la vuelta de la esquina diciéndonos con todos sus personajes << ¡Adelante!
Vive tu vida como quieras, sé un loco sin remedio aun si tienes que comportarte
como un cuerdo, para ser feliz haciendo tus locuras>>. El mensaje en sí
mismo no está mal. Nunca podría estar mal un mensaje que aboga por la libertad.
Pero emplear en mi opinión, una idea tan explotable como el suicidio en un
libro de autoayuda, que algunos lo encontramos llano, se siente como un crimen.
Esperaba más drama, pero solo hallé retórica filosófica barata, de la que cualquier
persona sentada en un bus con la cabeza contra la ventana puede pensar,
sazonada con una historia simple, simplísima.
Seguramente
cumple con su propósito de ayudar a aquellas personas que se sienten al final
de un callejón con una vida predecible y al servicio de complacer a otros antes
que a si mismos. Seguramente también, diría que si una persona llega al punto
de abordar este libro como un bote salvavidas, estaría mucho mejor en manos de
un especialista de las ciencias humanas, léase, psicólogo o psiquiatra. Porque
en mi opinión (redundando) una idea tan simple no puede ayudar, y menos cuando
no se extiende más allá de lo evidente.
Recomiendo
el libro para una tarde, en la que no haya mucho interés por una lectura
exigente, se esté aburrido y con el ánimo abajo.
Concluyendo,
el libro no me disgustó, pero yo lo recomendaría para jovencitos de trece años,
a lo sumo, como para que reflexionen sobre cómo quieren perfilar su vida, aun
así hay otros libros interesantes para leer a esa edad (o cualquier otra) antes
que ese. Pese a todo, no me arrepiento de haberlo leído, al menos ya tengo una opinión
sobre este escritor. Ahí queda como dije en el título, la libertad de lectura
de cada quien.
FENRIR
PLATEADO
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