martes, 6 de octubre de 2015

No somos nada, somos el aire



Sobre la marea que se cierne como penumbra entre lo escondido y lo divino, veo a lo lejos la tenue parpadeante  luz que acontece antes del amanecer. Es la despedida perenne con la que me cito cada noche esperando estar cada vez más cerca de ese punto que ondea a lo lejos, idealizándolo, palpándolo en mi mente, respirándolo cerca. Pero no.

La balsa que ondea acompasada en un vaivén desesperante no se inmuta por mi existencia, porque convivimos en las calmas. Yo soy el viento y ella no puede transportarme y yo no me atrevo a transportarla a ella. Mis brazos están imposibilitados para asirla y llevarla hacia donde quiero porque carezco de mi rumbo y la balsa carece de pescador.

En la despedida, el fulgor que flota sobre la marea se sumerge y se eleva, se gasta, se descompone, se reintegra. Quiero pensar, que como yo, navega sin llevar o traer, es otro viento, es otro aire. 

Si no viene un huracán no nos encontraremos jamás, nos seguiremos viendo a lo lejos, quizá ese viento encendido viéndome como la penumbra tras la barca y yo viéndole como el viendo sereno que resplandece al otro lado del misterio, sin saber… si realmente aquel viento puede verme en medio de toda la penumbra que me asiste.

No somos nada porque no nos hemos encontrado. Cada uno es por su lado. Cada uno no es por su lado. Soy el aire que no entiende que no sea el mismo aire. 

La balsa algún día sucumbirá ante el tiempo y ya no habrá ni huracán ni balsa que lleve a éste servidor a buen puerto.

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