Sobre la marea que se cierne como penumbra entre lo
escondido y lo divino, veo a lo lejos la tenue parpadeante luz que acontece antes del amanecer. Es la
despedida perenne con la que me cito cada noche esperando estar cada vez más
cerca de ese punto que ondea a lo lejos, idealizándolo, palpándolo en mi mente,
respirándolo cerca. Pero no.
La balsa que ondea acompasada en un vaivén desesperante no
se inmuta por mi existencia, porque convivimos en las calmas. Yo soy el viento
y ella no puede transportarme y yo no me atrevo a transportarla a ella. Mis
brazos están imposibilitados para asirla y llevarla hacia donde quiero porque
carezco de mi rumbo y la balsa carece de pescador.
En la despedida, el fulgor que flota sobre la marea se
sumerge y se eleva, se gasta, se descompone, se reintegra. Quiero pensar, que
como yo, navega sin llevar o traer, es otro viento, es otro aire.
Si no viene un huracán no nos encontraremos jamás, nos
seguiremos viendo a lo lejos, quizá ese viento encendido viéndome como la
penumbra tras la barca y yo viéndole como el viendo sereno que resplandece al
otro lado del misterio, sin saber… si realmente aquel viento puede verme en
medio de toda la penumbra que me asiste.
No somos nada porque no nos hemos encontrado. Cada uno es
por su lado. Cada uno no es por su lado. Soy el aire que no entiende que no sea
el mismo aire.
La balsa algún día sucumbirá ante el tiempo y ya no habrá ni
huracán ni balsa que lleve a éste servidor a buen puerto.
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