viernes, 27 de octubre de 2017

Cuando se nos va el bus.

Cuando lo vió, Adrián se sintió compungido por no hallarse a la altura. El muchacho estaba sentado en un bordillo de un saliente debajo de un edificio de ladrillos colorados.

De brazos fuertes y velludos, piel blanca apenas salpicada por lunares coquetos; el joven observado leía un libro viejo, y eso le daba un aspecto interesante, sin mencionar que de vez en vez se mordía el labio inferior de manera provocativa inconscientemente. Mientras, Adrián, inseguro con su sudadera, pensando que la barba le picaba y que lo gorditos como él no tienen oportunidad en el mundo, dejó ir al muchacho con las palabras en la boca. Y el otro que por andar leyendo no lo vio; ya que, de haberlo visto, le habría hablado, pues Adrían era del gusto de él. El joven se subió en el siguiente bus azul y Adrián chamuscado por una ira flameante de sentirse poca cosa, por sentirse ignorado, por su cobardía, se rehusó a tomar el mismo bus a pesar de que le servía.

Y es así, que en un vaivén del destino, nos puede llegar una oportunidad y también se nos puede ir, por cobardía, por impulsividad, o por ignorancia.

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