Nació como muchos otros, siendo un cualquiera en un mundo de posibilidades aunque fuera exactamente a sus miles de hermanos e igual a todas las generaciones anteriores y las venideras. Era de un color amarillo tostado y a sus pies dejaba una marca que iba de lo fino y potente a lo grueso y difuminado. Su cabeza era una masa compacta de de vez en cuando corregía los tropiezos de su andar.
Permaneció en múltiples lugares oscuros, fríos, en movimiento, hasta que dió con otros hermanos suyos y fueron colocados muy juntos en un estuche transparente en lo que parecía un almacén. A diario se asomaba por los costados para encontrarse con marcadores, esferos, correctoes y demás; esperando el momento en que por fin podría salir de allí. Eventualmente su espera dió sus frutos y uncomprador lo tomó y a un montón de vecinos y los llevó en una bolsa, todo fue un caos...
Para cuando se halló de nuevo porfin estático, ya no estaba en un almacén. "¡Hurra! He sido ascendido a oficinista" pensó el lápiz cuando se halló en una blanca mesa con vista a la ciudad, rodeado de humanos de traje elegante, lustrozos zapatos, aliento de café y perfumes invasivos. Agradecido por su buena fortuna agradeció no haber tenido que ser un lápiz de colegio, de esos que según la leyenda se decía, eran mordido por los niños, o raspado por los padres para tatuar nombre, e incluso roto o perdido. Mayor sería su sorpresa al notar que de cualquier manera no podría escapar de su destino pues un sacapunta electrico le aguardaba.
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