Habia una vez una mirada. Era una mirada como cualquier otra, de esas que a veces se quedan viendo al vacío y otras simplemente está adormecida por el cansancio. Esta mirada, lo escudriñaba todo en la casa, los azulejos del baño, las repisas empolvadas, el suelo que rechina con el mínimo esfuerzo, el cuerpo que lo conduce...La mirada veía cuanto podía.
La mirada llevaba vestido marrón como muchas otras, y de vez en cuando, cuando el sol la besaba muy apasionadamente su vestido se tostaba hacia un amarillo intenso muy particular. La mirada amaba la nueva casa. Pero nunca vió la mirada verde que siempre la buscaba a diario allí mismo.
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